Educación inclusiva: un cambio de paradigma

Publicado por Aisdro -

Alexia Rattazzi

Alexia Rattazzi
LA NACION
Lunes 31 de julio de 2017 • 00:03

Estamos viviendo muchos cambios de paradigma y uno de los más emblemáticos es el cambio de paradigma relacionado con la Educación (pongo Educación en mayúscula porque considero que lo amerita). Algunos recordarán a Kuhn y su trabajo sobre las revoluciones científicas, el tiempo que toma un cambio de paradigma y la frecuente resistencia al cambio que esto implica. La Real Academia Española define paradigma como la “teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento”. Dicho en criollo y sacado del contexto meramente científico, paradigma sería el sistema de creencias profundas y arraigadas (y por ende, difíciles de cambiar) en una sociedad que inciden en la manera en la que las personas interpretan las cosas y actúan.

Foto: Pixabay

El cambio de paradigma relacionado con la Educación es un excelente ejemplo de lo que sucede en la actualidad. Venimos de un paradigma de Educación que podemos llamar “educación segregada”. ¿Qué significa esto? Que según las características de cada niño o niña se le atribuye un tipo de escolaridad determinada. Por ejemplo: un niño que no oye debe ir a una escuela para niños sordos, un niño que no ve debe ir a una escuela para niños ciegos, un niño con discapacidad intelectual debe ir a una escuela especial, un niño “normal” (que alguien por favor me explique que características tiene un niño “normal”) debe ir a una escuela común (y si tiene algunos desafíos académicos, le corresponde una escuela de recuperación),.me pregunto ¿un niño con pelo de color azul debe ir a una escuela para niños con pelo de color azul? Este sistema a veces explica la actitud frecuente de “dime qué condición tiene tu hijo o hija y te diré a qué escuela debe ir” y subyace a los múltiples intentos frustros que experimentan muchos padres a la hora de buscar colegios para sus hijos, especialmente cuando sus hijos tienen algún diagnóstico. Lo que entristece es que la singularidad del niño se pierde, y que los adultos ven primero la condición o el diagnóstico y no al niño o niña, con su perfil único de fortalezas y desafíos. Otra asunción de este paradigma es que el perfil de aprendizaje de los niños depende de su condición, o sea, todos los chicos sordos aprenden igual, todos los chicos ciegos aprenden igual, ¿todos los chicos con pelo de color azul aprenden igual? Pues aparentemente la ciencia (y el sentido común) dice que no.

¿Hacia dónde vamos entonces? El nuevo paradigma se llama “Educación Inclusiva”. Aparece en muchos lados importantes, tales como la Convención Internacional de los Derechos de las Personas con Discapacidad (¡que cumple 11 años este 2017!) en su célebre Artículo 24 (que además dio origen al reconocido Grupo Artículo 24 que nuclea a más de 130 organizaciones en Argentina), y el grupo de Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU (el tan mentado ODS 4: Educación inclusiva y de calidad). ¿Qué significa “Educación Inclusiva”? Lisa y llanamente, significa una escuela para todos. ¿Cómo? Sí, como leíste: una escuela para todos. ¿Pero eso existe? Sí, existe. Y en varios lugares del mundo. ¿Y funciona? Sí, funciona.

Si tuviste alguna reacción en respuesta al concepto que acabás de leer y levantaste una ceja en señal de escepticismo o incredulidad probablemente estés viviendo la sensación de resistencia al cambio que muchos experimentan y que ya Kuhn predijo que ocurriría cada vez que cambia un paradigma. Te cuento cuáles son los pensamientos (o creencias) más frecuentes que se suscitan: ” este niño no es para esta escuela” (directivos de escuelas comunes ante niños con diagnósticos), “no estamos capacitados para enseñar a los niños que son diferentes” (docentes de escuelas comunes), “esta gente quiere cerrar las escuelas especiales” (autoridades de escuelas especiales), “nos vamos a quedar sin trabajo” (docentes de escuelas especiales si cerraran las escuelas especiales), “si mi hijo está en el mismo aula que X se va a atrasar” (padres de niños supuestamente “normales”), “si mi hijo está con chicos agresivos los va a terminar imitando” (padres en general), “hay algunos niños que no pueden aprender” (lamentablemente, una creencia de muchos adultos). Cada una de estas creencias determina actitudes que generan sufrimiento en otros. Y en realidad, la invitación es a ir cambiando nuestras creencias, para que de a poco, empecemos a pensar y actuar de manera inclusiva. Oportunidades hay para tirar al techo. Se tarda, pero no es imposible.

La diversidad humana es de una riqueza indescriptible. Si los niños experimentaran la diversidad desde sus primeros años, si los docentes supieran cómo enseñar según los perfiles de aprendizaje de cada niño, si las escuelas fueran inclusivas y aceptaran a todo niño o niña (independientemente de su condición) y si la sociedad toda tuviera una actitud de respeto a la diversidad, estaríamos derribando muchas barreras ligadas al prejuicio y la discriminación, y verdaderamente estaríamos, de una buena vez, navegando el nuevo paradigma de educación inclusiva y construyendo una sociedad más respetuosa y amable. ¿Te animás a subirte al barco? Ojalá que sí. Te va a hacer bien, y a otros muchos, también.

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